Con la llegada de la primavera, los días se alargan, las temperaturas suben y la naturaleza florece. Este cambio suele asociarse con bienestar y energía renovada, pero no para todo el mundo es así. Algunas personas experimentan un aumento de la ansiedad durante esta estación, un fenómeno más común de lo que parece y que merece ser comprendido.

Uno de los factores clave es el cambio en la luz solar. La mayor exposición a la luz influye directamente en nuestros ritmos biológicos, especialmente en la producción de melatonina y serotonina, dos sustancias relacionadas con el sueño y el estado de ánimo. Este reajuste puede generar inquietud, dificultad para dormir o sensación de desasosiego en algunas personas.

Además, la primavera implica cambios en las rutinas. Pasamos más tiempo fuera, aumentan las actividades sociales y, en muchos casos, también se incrementan las expectativas de “sentirse bien”. Esta presión, aunque sutil, puede generar una desconexión entre cómo creemos que deberíamos sentirnos y cómo realmente nos sentimos.

Astenia primaveral: ¿Cómo superarla?

También hay que tener en cuenta factores físicos, como las alergias estacionales, que afectan al descanso y al bienestar general, contribuyendo indirectamente a aumentar la irritabilidad o la ansiedad.

Síntomas habituales de la ansiedad

La ansiedad puede manifestarse de diferentes formas, tanto a nivel físico como psicológico. Algunos de los síntomas más frecuentes son:

 

¿Qué podemos hacer ante esto? En primer lugar, normalizarlo. No todas las personas viven la primavera como una etapa de euforia, y eso está bien. Mantener rutinas estables de sueño, cuidar la alimentación, practicar técnicas de relajación y escuchar las propias necesidades emocionales son claves para transitar este periodo con mayor equilibrio.

La primavera no solo transforma el entorno, también puede remover nuestro mundo interno. Entenderlo es el primer paso para cuidarnos mejor.